¿Regreso?

“¿Qué tal tu regreso a España?”
Esta pregunta, me ha venido desde las dos orillas del Atlántico: tanto de la gente de mi patria de origen y nacimiento, como de los amigos que en Panamá hice y allí dejé.
Tras sopesarlo detenidamente me he dado cuenta que hay dos respuestas:

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1ª No he regresado, pues en realidad, nunca me fui. Me explico: Aunque físicamente estaba a más de 8.000 kilómetros de mi hogar, nunca desconecté del todo. La magia de la tecnología, con internet al frente permitió que estuviera al tanto de los asuntos de mi país, de mis amigos (los que se mostraron comunicativos y correspondieron a correos, whatsapps e interacciones en redes sociales), y mi familia. Eso hizo que pareciera que no me hubiese marchado, y que cuando el avión nos trajo de vuelta el pasado mes de Enero, nada de lo ocurrido me pillase de sorpresa. Ocho meses después de haber vuelto a poner los pies en la piel de toro, y con la vida que llevo actualmente (de casa al trabajo, y del trabajo a casa), y el ponerme al día con algunas personas a las que llevaba mucho tiempo sin ver (incluso antes de marcharme), parece que las vivencias en Panamá son de mucho tiempo, y a veces hasta me parecen recuerdos lejanos (y eso que tengo todavía contacto con la gente de allá, me dio tiempo a hacer buenos amigos)

2ª En realidad, nunca regresé. Esta es la parte más dura de aceptar. Cuando me marché, lo hice con una gran congoja, pues sabía que iba a perderme muchas cosas, que nada volvería a ser como antes, y que yo tampoco sería el mismo. No me equivoqué en absoluto: el alejarte de gente con la que conversabas a diario y te veías a menudo, el ver la desaparición de cosas que ayudaste a construir, o cómo la distancia física también se hizo emocional, era un palo muy duro a pesar de esperado. Pero también el vivir la infinidad de cosas que viví, buenas y malas, luces y sombras, y no tener a esas rocas a las que aferrarte en tu día a día que tenías, fue más duro aún. En cierto modo, se puede decir que el viejo yo que dejó España en Octubre de 2012, murió al otro lado del Atlántico por esos motivos. Analizándolo más fríamente, en realidad esa persona llegó moribunda, pero el que esa distancia se mantuviera a pesar de llevar aquí meses (ni un triste mensaje, correo o llamada interesándose por tomarnos algo, el que intentes quedar con la gente, y que siempre se posponga porque la otra persona siempre tiene planes [mejores al parecer]..), es lo que terminó por rematarla. Sí, puedo sonar egoísta por querer recuperar la vida que tenía, y el lugar que ocupaba en la vida de los demás, a pesar de que todos hemos cambiado, y nuestras circunstancias también, pero… ¿Tan malo es?
Tal es el sabor agridulce de mi actual estancia e España, y ya sé qué responder:
-¿Qué tal tu regreso a España?n
– Jamás sucedió, pues aunque nunca me marché, la persona que sí lo hizo nunca11825062_10155919341960191_8875918231730534150_n regresó

Hasta que te encuentre

– ¡Qué a gusto que estoy aquí!

– Sí, yo también

– Desearía que este momento no acabase nunca

– Me pasa lo mismo. ¡Es tanta la paz y felicidad que siento! No puedo describir este momento con otras palabras

– Las palabras no tienen sentido ahora mismo; sólo quiero sentir, limitarme a sentir todo lo que siento, y disfrutar sin descanso de este momento.

-Tú lo has dicho: expresar con palabras todas estas sensaciones, sería reducir este bienestar, esta dicha.

– Soy feliz…. ¡Soy feliz! ¡Y no me importa gritarlo al viento! ¿ME OYES, VIENTO? ¡SOY FELIZ!

– No puedo evitar sonreir al mirarte mientras gritas tu dicha. Siento que tus palabras son bien sinceras y de corazón, y eso me llena de más alegría aún si cabe

– Pero… ¿lloras? ¿Acaso no te sientes como yo?

– Lloro, sí, pero de la emoción, de la alegría: es tanta, que mi cuerpo no puede contenerla, y por eso se escapa en forma de lágrimas a través de mis ojos

– Llora…. ¡Llora pues! ¡Que este sentimiento nos desborde, que nos reviente en partículas chiquititas que sean arrastradas por el viento para que contagiemos nuestra dicha a todo el mundo!

– ¡Ay! Ahora mis lágrimas se tornan amargas. Tanta alegría se vuelve desconsuelo ahora mismo.

– Pero, ¿por qué? ¿Qué tienes? ¿Qué pena te aflige tanto como para olvidar lo bien que nos sentíamos?

– El momento, el momento que tenía que llegar y que deseaba que no lo hiciese ya ha llegado: es el momento de nuestra separación.

– ¿Qué dices? ¿Por qué dices eso? ¿Por qué tenemos que separarnos? ¡Soy feliz! Y mi felicidad, si no estás conmigo, no es completa.

– Mas tiene que suceder. Es una separación temporal, pero necesaria

– ¿Por qué? ¿Ya no me quieres?

– Te quiero… ¡Por supuesto que te quiero! Nada me duele más que el tener que separarnos; de lo contrario, no lloraría, no sentiría esta congoja y desconsuelo. Pero tiene que suceder

– Pero ¡NO QUIERO SEPARARME DE TI!

– Y sin embargo, tienes que hacerlo. El momento ha llegado. Como decía, es sólo temporal.

– Entonces… ¿Esto es un “adiós”?

– No… es tan sólo un hasta luego.

– ¿Hasta luego? ¿Y cuando será ese “luego”?

– No lo sé… espero que pronto. Hasta que me busques, hasta que te encuentre. Tú no dejes de buscarme; y jamás, jamás me olvides.

– ¡Eso nunca! ¡Por supuesto que te encontraré! Esta sensación…. es como si me alejara, pero no me estoy moviendo. ¿Qué me pasa?

– El momento ya está aquí. Es nuestra separación, es tu marcha. Toca despedirse.

– ¡Quiero abrazarte! Pero no te puedo alcanzar. ¿Ni siquiera eso puedo hacer? ¿Así, de un momento a otro se quiebra la felicidad? ¡No quiero irme! ¡No quiero dejarte! No quiero decirte adiós…. Quiero que sea un “Hasta…”

– Hasta que te encuentre… No sé si has podido oírme estas últimas palabras; pues te has desvanecido justo antes de decirlas. Pero ten por seguro que te encontraré….

– ¡Enhorabuena, es una niña! Aquí la tiene.

– ¡Laura! ¡Mi pequeña y dulce Laura! ¡Soy mamá!

Y yo me fui

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INTRO:FAm

FA#m                               sim
Desprecié, desdeñé tu sonrisa
FA#m                     Do#m7
Eso se acabó, la llama se apagó
FA#m FA#7 sim             fa#m
Me marché de allí          La flor ya se marchitó
DO#m       FA#m FA#7  sim           fa#m
No sentí dolor              Y te digo la verdad
DO#m7        FA#m
Me tuve que ir
FA#m                         sim
Fue áspera la piel de tus manos
FA#m                      do#m7
El tiempo acabó    tu  humilde rincón
FA#m FA#7  sim                    fa#m
no era para mí                Tu vida y tu libertad
DO#m               FA#m FA#7
Y muy poco de amor
SIm             FA#m  do#m7                     fa#m
Por eso me fui.     mi amor, por eso me fui fui

Coro:
FA#m RE DO#m7
y yo      me    fui
                FA#m
quería ser feliz
               SIm
me olvidarás
MI             LA
y por qué fui

FA#m FA#m/LA     SIm
En esa                   mañana
SIm/SOL# DO#m7
miré la        ventana
       DO#m7/FA#
y decidí huir/ (bis)

Yo me fui
sin luz en mis ojos
odiando la  hiel
que surco mi piel
cruel sin compasión
buscando mi amanecer
y mi propio lugar
que lata mi corazón
saber qué es amar.

Lluvia en soledad II (La respuesta)

Prometí escribir canciones-respuesta. Esta primera ha sido fácil

La Bitácora de Santa Porla

G Em C D
E—————————————————————
B—————————————————————
G—————–9-7———————–9-7—————–
D——-7-9—7-9—–9-7————-7-9——-9—-9-7——–
A–9-10——————-10-7—9-10————-10——-9-10-
E—————————————————————

G Em C D G
E—————————————————————
B————————————————————-7-
G———–9-7——————————————-7-9—
D-7-9—7-9—–9-7—————-7-9—10-9-7—————–
A——————-10-7—-7-9-10————–10-9-10———
E————————10————————————-

C G C D G
E————————————————-7————-
B8—7-7——————–7-8—7-7—————–10-10-8—
G——–9-7—7——–7-9———–9-7——-7————-9-
D————9—9————————9-7——————-
A——————10——————————————-
E—————————————————————

Em C D G
E—————————————————————
B8————————————————————–
G–9-7—————–9-7————————————–
D——9———–7-9—–9-7———————————-
A——–10—9-10————-10-7-10-10———————–
E—————————————————————

Now, the CHORUS:

G                 Em
Sí, hay sí temblor
C                              D
hoy llueve en tu soledad
G                 Em
Si hay si temblor
C               D            G
la llama hoy no arderá.

And the verses:

G                                Bm
Ahora recuerdas mis manos
C                      …

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Lluvia en soledad II (La respuesta)

G Em C D
E—————————————————————
B—————————————————————
G—————–9-7———————–9-7—————–
D——-7-9—7-9—–9-7————-7-9——-9—-9-7——–
A–9-10——————-10-7—9-10————-10——-9-10-
E—————————————————————

G Em C D G
E—————————————————————
B————————————————————-7-
G———–9-7——————————————-7-9—
D-7-9—7-9—–9-7—————-7-9—10-9-7—————–
A——————-10-7—-7-9-10————–10-9-10———
E————————10————————————-

C G C D G
E————————————————-7————-
B8—7-7——————–7-8—7-7—————–10-10-8—
G——–9-7—7——–7-9———–9-7——-7————-9-
D————9—9————————9-7——————-
A——————10——————————————-
E—————————————————————

Em C D G
E—————————————————————
B8————————————————————–
G–9-7—————–9-7————————————–
D——9———–7-9—–9-7———————————-
A——–10—9-10————-10-7-10-10———————–
E—————————————————————

Now, the CHORUS:

G                 Em
Sí, hay sí temblor
C                              D
hoy llueve en tu soledad
G                 Em
Si hay si temblor
C               D            G
la llama hoy no arderá.

And the verses:

G                                Bm
Ahora recuerdas mis manos
C                               D
que mis caricias no dan
G                                Bm
en tu calle ya no hay crios
C          D              G
y tu jardín seco está

Si… ahora recuerdas mi cara
mi fantasma quiere hablar
y junto a ti estoy tumabada
mas sin poderte tocar.

SI,… RIFF + CHORUS

Juntos hicimos la casa
a imagen de nuestro amor
marche y quedó mi fantasma
y la casa se cayó.

Si… ahora recuerdas mis risas                                                                                                         que lagrimas nos costó
y ahora ya no somos nada
porque sin ti no soy yo.

SI… RIFF + CHORUS

Los dias se quedan en nada
recuerdos de nuestro amor
me das pena en esa cama
y consuelo tu  dolor

Si… ahora recuerdos mis ojos
clavados en tu canción
y tu canción te recuerda
a mi fantasma y amor.

RIFF

Nachos

RECETA DE NACHOS

Ingredientes:

– 200 grs. de harina de maíz amarilla

– 100 grs. de harina de trigo

– 75 grs. de mantequilla

– agua la que admita la masa, aprox. 150 ml.

– 1 pellizco de sal

– aceite de girasol para freír

– Especias al gusto: Tex mex, cayena en polvo, comino en polvo, etc.

Elaboración:

Mezclamos las harinas con la mantequilla troceada, las especias y la sal y vamos añadiendo el agua poco a poco hasta conseguir una masa uniforme que no se pegue a las manos.

La dejamos reposar un rato. La estiramos con el rodillo hasta que quede muy fina y la cortamos en triángulos. Se fríe en aceite muy caliente.

Perséfone, la otra historia

De mi blog anterior recupero este relato de una amiga escrito como respuesta al mío original. Ella era co-autora, y, de la noche a la mañana, me encontré con que lo había devuelto al estatus de “borrador”. Como en breve voy a cerrar http://asisesientenloshumanos.blogspot.com, he decidido ir recuperando todos los borradores, pues ahí se quedaron varias ideas que no merecen ser deshechadas. Ya me diréis qué os parece, aunque adelanto que el relato no es mío.

“¿Cuál es tu nombre?”- Me preguntaste dejándote caer entre las sábanas de raso celeste, húmedo testigo de nuestra íntima batalla librada escasos minutos antes, mi particular y tan buscado cielo en la tierra, en el tan laberíntico mundo construido a mi alrededor, ajeno a mi voluntad. “Perséfone”- Te contesté yo, casi por instinto, esperando que mi escueta respuesta sirviese de sello en tus labios, intentando evadir así cualquier otra pregunta que pudiese antojárseme incómoda en aquél momento, sabedora de que el tiempo corría en mi contra. Me sentía tan afín a la desdichada vida de aquella diosa griega que no se me ocurrió mejor manera de definirme con tan sólo una palabra. Sólo necesitaba tu olor en ese instante, en esos escasos minutos que me quedaban antes de volver a desaparecer de tu lado y regresar a mi atormentada vida; sólo sentirte una vez más, saberte cerca, sin ataduras, sin explicaciones. Era ya la segunda vez que me dejaba embaucar por la serpiente y mordía de nuevo la dulce y prohibida manzana que, ahora sí, sobria y plenamente consciente de lo que estaba haciendo, había elegido aceptar bajo una única condición que me había impuesto yo misma: sin nombres, sin ataduras, sin pasado, únicamente tú y yo … y nada más. Ese era el trato … Y hubo una tercera caída, y una cuarta … Y aunque sentía que cada vez me costaba más mantenerme firme en mis palabras a medida en que se iban sucediendo las mañanas en las que despertaba dulcemente exhausta y perdida entre sus cálidas sábanas, ese había sido el pacto en estos últimos años … hasta ahora.

“Próxima estación: Madrid – Chamartín. Final de trayecto”.
Jamás pensé en que llegaría un momento en el que se me hiciera tan difícil encajar estas 7 palabras que, con voz fría y seca, anuncian el final de mi sueño. Qué diferentes son a la cálida voz de mi madre, quien, con la paciencia y dulzura que sólo existen en el corazón de quien tiene el regalo de los hijos, me despertaba cada mañana cuando era niña con un tierno: “Mi princesa, es hora de levantarse”, y besaba mi mejilla mientras retiraba suavemente las sábanas que aún me mantenían unida a los abrazos de Morfeo. Por aquel entonces los despertares al amanecer eran portadores de alegría, de juego, de expectación ante lo que está por venir, del recién estrenado día que comienza regalándote un nuevo Sol para ser únicamente TÚ, para no tener más preocupación que la de hacer sonreír a los tuyos y ser feliz … Pero de eso han pasado ya muchas primaveras, tantas que casi no alcanzo a recordar la sensación, tan plena como escurridiza, de ser libre y dueña sólo de mí.

Apenas queda ahora algún pedazo de aquella princesa que parece ser que fui algún día, aunque fuese sólo en el alma de mi madre. Y mientras el resto de viajeros abandonan el tren y se abrazan con sus respectivos maridos, esposas, hijos, amigos o algún otro ser querido, yo recorro con desgana y sola los escasos metros que separan mi vagón de la escalera mecánica que conduce hacia el que debe  ( ¿debe? ni yo misma sé qué estoy haciendo al volver aquí ) ser mi lugar, hacia mi despertar del sueño, consciente de que he vuelto a caer en el mismo error que, en el último viaje, en nuestro último encuentro, me prometí no volver a cometer: regresar.

La felicidad ( mi felicidad ), aquella que se me escapó en el mismo instante en el que ante el altar dije “Sí” a un hombre al que nunca pude amar como mi corazón ya había aprendido a hacer en otro tiempo ( me casé muy joven y por ayudar a la familia. Al morir mi padre nos ahogaban las deudas, y el que hoy es mi marido me trataba muy bien y podía ayudarnos económicamente. Otro pacto más en mi corto andar por la vida: mi cuerpo a cambio del bienestar de mi madre y mis hermanos. Sé que hice mal pero llegué a olvidar a mi anterior novio para aprender a quererle a él, y nos iba bien ); la misma que el caprichoso juego del destino me arrebataba al abrir la puerta del hogar tras alguno de mis “viajes de trabajo” y me encontraba cara a cara con él, mi marido, quien ajeno a la doble vida a la que empezaba a engancharme como a la más poderosa de las drogas, me recibía con la más cálida de sus sonrisas ( cómo odiaba la sensación de suciedad que me invadía en esos momentos ); esa felicidad que empezaba a experimentar, cada vez más fugaz, más insaciable, más imprescindible para mí, había quedado, de nuevo, muchos kilómetros atrás, escondida tras los primeros olores del bosque en primavera y el azul intenso del Cantábrico.
Mientras me adentro en el portal empiezo a ser consciente de cómo duele la cabeza, tal vez debido al trajín del largo viaje en tren, o tal vez de tanto soportar las reprimendas de la que, dicen algunos, es la voz de la conciencia: “¿Cómo has podido? Has vuelto a caer. No eres buena gente. ¿Qué vas a hacer? Estás casada. Piensa en tu marido …” ¡¡Basta!! ¿Tengo acaso yo la culpa de que mi cuerpo, precisamente ahora, tenga la simpática ocurrencia de venir a recordarme que puede excitarse hasta límites ya olvidados para mí? ¿Por qué vuelve a latir mi corazón, años dormido, con tanta fuerza que le siento escapar del pecho con sólo recordar su olor, sus ojos, su boca …? ¿Y por qué ha tenido que ser con un completo desconocido? Creo que Perséfone está empezando a no querer abandonar el Hades … y es un mal augurio, porque ni así es el mito ni tampoco ese era el trato.

Después de aparcar la maleta en un rincón de la habitación ( nunca tuve costumbre de deshacer el equipaje nada más llegar, como si, de alguna manera, manteniendo unas horas más la ropa ahí, alargase la impresión de seguir aún fuera de casa ), y de contarle los avatares del viaje a mi marido, reales los menos, inventados muchos más ( un trayecto tan largo da para preparar al detalle todo lo que hubiera podido ocurrir en cualquier viaje convencional de trabajo ), me dejo seducir por una más que apetecible ducha fría. Sumisa, dejo que las gotas de agua resbalen a capricho por cada pliegue de mi cuerpo, y mientras tanto me sumerjo en el recuerdo del dulce beso de las olas golpeándome la espalda, trasladándome por unos instantes a aquella hermosa playa ahora tan lejana; a aquel lugar cálido y seguro entre sus brazos del que comenzaba a sentir adicción y en el que, sin yo buscarlo, había nacido Perséfone.

Apenas han pasado seis años desde que tuve que viajar por primera vez para encontrarme con un cliente, y ya me parece que hubiera transcurrido toda una vida. Soy editora y por lo general no necesito moverme de casa para realizar mi trabajo, salvo las visitas obligadas a la editorial para supervisar las publicaciones, asistir a reuniones con escritores y otros editores, solucionar problemas de imprenta y poco más. Normalmente mis potenciales clientes me envían sus borradores a través de internet ( por supuesto mucho más rápido y barato que enviar gruesos tacos de folios por correo postal, ¡benditas tecnologías!  ); yo los leo, los corrijo, descarto la mayoría y los que considero que pueden generar un nivel aceptable de ventas ( o al menos sin generar pérdidas ), los reenvío a mis superiores de la editorial. Allí mismo quedamos con el escritor para hablar de los derechos de autor, de la maquetación de la obra, de aspectos en la edición de la portada y demás asuntos para cerrar el negocio, y vuelta a casa para empezar a leer el siguiente borrador. Pero esa vez fue distinto: un cúmulo de circunstancias ( ¿capricho del destino? ) hicieron que fuera necesario el personarme ante uno de esos potenciales clientes, el cual vivía en un pequeño pueblo pesquero de la costa guipuzcoana. Por aquel entonces no me encontraba en mi mejor momento: a mi madre acababan de diagnosticarle cáncer de huesos y nos enfrentábamos, a su edad, a un delicado tratamiento largo, doloroso y sin garantías de curación; había fracasado en el intento desesperado de ser madre por tratar de salvar algo que de por sí ya era insalvable, craso error del que ahora soy consciente; había ganado unos molestos kilos que hacían que no encontrase manera convincente de arreglarme ( de sentirme sexi ya ni hablamos ) y, para colmo, me habían rebajado el sueldo hasta límites irrisorios y aún así debía estar agradecida, pues mi trabajo era mi única vía de escape de toda esa situación que me rodeaba. Así que, aunque no me agradaba la idea de viajar, aquella mañana de finales de Marzo hice la maleta, tomé de mala gana un café bien cargado, le di un beso a mi marido y me fui.

Y aquella decisión fue la responsable de que mi triste existencia hoy tenga, aunque sea de manera fugaz y efímera, unos pocos rayos de luz..

Ya no recuerdo por qué el cliente nunca apareció, ni las palabras que pronuncié maldiciéndole a él, a mi empresa y a mi desdichada vida, ni cómo llegué a aquel bar, ni el número de copas que tomé …. Hasta el momento en el que él apareció sólo recuerdo que me senté en la barra, que solté el maletín de cuero negro regalo de mi difunto padre y que, derrumbada, empecé a llorar.

–¡Kaixo! ¿Forastera? –sonó una voz desde la otra punta del bar.

–Sí, ¿tanto se me nota? –Sinceramente, después de mi mala suerte no tenía intención de entablar una conversación con nadie, sólo quería estar tranquila, ahogando mis múltiples penas en el dulce sabor del Martini que tenía entre mis manos.

–Una mujer no debería estar sola a estas horas y menos si no es de por aquí– me dijo–. Es peligroso.

–Tú no sabes nada de mí ni tienes por qué juzgar lo que hago o lo que no– le contesté malhumorada, pues no tenía la más mínima gana de que ningún paleto probablemente borracho rematara lo poco que me quedaba de ánimo ese día.

–Déjame al menos que te invite a otra copa– dijo incorporándose de su taburete para encaminarse hacia donde yo me encontraba. ( Vaya, de todos los hombres que había en ese momento en el bar me había tocado el pesado ).

–Ya he bebido suficiente, gracias, y no quiero compañía– le dije de la manera más cortante que pude. La verdad es que, desde la semipenumbra de aquel rincón y según lo que la cada vez menos prudencial distancia me permitía apreciar, el joven parecía estar de bastante buen ver: unos 32 – 34 años, alto, pelo oscuro, buen porte … “¡Mierda! Creo que al final sí voy a necesitar esa otra copa, ¿qué me está pasando? ¿será el alcohol?”. El hombre había dejado en la barra el vaso de lo que parecía ser un inofensivo zumo de frutas y se había acercado hacia mí de tal manera que, aunque inicialmente no le prestase demasiada atención, podía sentir su aliento prácticamente sobre mi nuca.

–¿Qué pasa?, ¿que los vacos además de dejar plantada a la gente estáis sordos o algo así? Te he dicho que quiero estar sola. – Su presencia, ahora tan próxima, empezaba a incomodarme, pero había algo en él que llamaba poderosamente mi atención: aquellos ojos de un color verde infinito, casi hipnótico, en los que me sorprendí invitada a perderme una y otra vez; una mirada penetrante y consoladora que parecía acunar mis lágrimas, mientras sus manos suaves y regias retiraban los mechones de pelo que se habían pegado a mi cara, desfigurada por las corrientes que el rimel había dibujado en ella de tanto llorar. ¿En qué momento le había permitido tocarme el rostro? No me percaté de pararle … ¿Quería realmente que parase? … ¿Dónde está esa copa? …

–No soy sordo, pero tampoco ciego. Has llamado mi atención desde que te vi entrar. Déjame acunar esas lágrimas y fabricar en tu alma un bonito recuerdo que llevarte cuando te marches–. ¿¿Cómo?? Reconozco que el comentario me hizo gracia pero apenas empecé a esbozar una sonrisa cuando, desde los escasos milímetros que en ese momento nos separaban, sus labios se toparon con los míos, y no sé si por la ingesta de alcohol a la que no estaba acostumbrada, o por la falta de pasión de mi matrimonio, o por mi fracasado encuentro comercial, o por qué otra oscura razón, el caso fue que aquel tímido beso me supo como el mejor de los dulces. Y a ese beso le siguió otro, y después una caricia, y otro beso, esta vez más intenso y prolongado, y su mano bajo mi falda, recorriendo mis muslos a placer, y luego otro beso, esta vez con su lengua juguetona buscando el abrazo de la mía, y mis dedos enredando en su pelo, y los suyos subiendo lentamente, y otro beso más … Y por unos instantes me olvidé del mundo y de los motivos que me habían llevado hasta allí y me dejé llevar por el más íntimo de los instintos, arrastrándome cual hoja en el viento a los brazos de aquel desconocido, en un pueblo en el que nunca antes había estado, perdida en el norte del país, tan lejos de mi hogar.

Flor de Vainilla

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Amada y despreciada; contigo no hay término medio, querida flor de Vainilla. Eres una flor cara de criar y mantener para aquellos que no aprecian el sabor de tus besos. Mas los que te amamos, los que hemos aprendido a disfrutar de tus dulces labios, y a apreciar en todo su esplendor tu esencia, sabemos que cualquier precio es poco.

No, no es lo mismo lo natural que lo reproducido artificialmente; y es eso lo que te hace aún más digna de atención, cuidados y mimos. Porque imitarte puede acercarse ligeramente a lo que tú eres; pero nada como la original para sentir tu esencia.

De pequeño te despreciaba, y el gusto por ti fue en parte forzado…. ¡Qué necio fui! A día de hoy, no te cambio ni por el más dulce de los cacaos, ni los cítricos más intensos.

Porque te quiero a ti, mi dulce y delicada Flor de Vainilla; no dejes de deleitar mis labios con el sabor inconfundible de tus besos; y yo iré a los más recónditos lugares del mundo, con tal de volver a saborearte.

Miénteme, dime que no me amas; que besas mis labios como besas los de cualquiera; que para ti soy uno más. Mas yo sé que no es así: que unos besos tan dulces como los tuyos, jamás podrán ser fingidos; que la dulzura, el amor, y la delicada pasión que destilas, jamás podrán ser un artificio.

Y es que sabes que te amo, mi dulce Flor de Vainilla5-sorprendentes-cosas-que-no-sabias-sobre-las-orquideas-4

Te amo

El martillazo

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No sé cuantas horas llevaré aquí; pero aún no me veo con fuerzas ni ganas para volver a casa.  Bajo la vista a mi vaso, y observo el reflejo de mi ojo en los posos de la ¿cuarta… quinta copa? Ya ni sé cuantas llevo. Levanto la vista hacia el hombre que está al otro lado de la barra.

– ¡Lucas! Anda, sé bueno y ponme otra

– Sé que me meto donde no me llaman, Clarita, pero ¿no crees que has llenado ya el depósito? ¿No deberías ir pensando en volver a casa?.- Me dice con una media sonrisa.

En otra ocasión le habría devuelto la sonrisa de manera cómplice, pero hoy no estoy de humor, por eso le espeto con tono irritado:

– Tienes razón, te metes donde no te llaman. Hoy la niña está con sus abuelos, y no me apetece una mierda ir a casa; así que haz tu trabajo y relléname la puta copa.

Le oigo inspirar profundamente; y por lo que le conozco, sé que está contando hasta diez, veinte, treinta, un millón cuatrocientos cincuenta mil…. antes de responderme como mi grosería se merece y ponerme en mi sitio. Me rellena el vaso sin mirarme a los ojos, y se dirige al otro extremo de la barra a recoger el pago de las consumiciones de una pareja joven. Me maldigo por dentro a mí misma mientras caigo en la cuenta que le debo una disculpa a Lucas; él no tiene la culpa del terremoto emocional por el que estoy pasando.

¿Cómo demonios he llegado a esta situación? Yo tenía una vida estable: un buen trabajo, una relación de pareja asentada con una persona que había aceptado a mi pequeña de una relación anterior… ¡La cabeza sentada, como dicen nuestros padres y abuelos! Y, de repente… es como si alguien hubiera apuntado hacia el punto débil de mi fortaleza, y hubiera asestado un demoledor martillazo; de esos que hacen sacudirte hasta los cimientos… hace un mes de ese martillazo; y aún estoy temblando de pies a cabeza.

Quiero eliminar ese pensamiento, y quiero borrar lo sucedido…. ¿quiero? En el fondo no quiero, pero siento que debo. Hay una pugna en mi interior que no sé cómo finalizar, cómo silenciar esa lucha. Sólo quiero paz, que se callen las voces en el interior de mi cabeza que tiran en direcciones opuestas. Calláos…. ¡CALLÁOS DE UNA VEZ! Tal vez si abotargo mi mente…. ese es el motivo por el que vine a la taberna de Lucas, viejo compañero del colegio, al que las casualidades del destino trajeron de nuevo a mi vida; quiero embotar mis sentidos, acallar esas gritonas voces de mi cabeza que quedaron libres a raíz del martillazo. Empujo a través de mi garganta, y de un solo trago, el contenido de mi copa, esperando que el alcohol cumpla con su cometido. Sin decir nada, Lucas vuelve a rellenar mi copa; supongo que ha desistido de su intención de detenerme en mi misión de destrucción del hígado. Al fin y al cabo, voy a pagarle, y siempre le suelo dejar propinas generosas, y supongo que por eso se resigna y conforma. Es un tío majete, y encima se preocupa por los demás… eso me hace remorderme aún más la conciencia por cómo le he hablado. Sí, antes de irme, definitivamente, le tendré que pedir perdón.

Recapitulemos: ¿Cómo he llegado a esta situación? ¿Qué fallaba en mi vida para complicármela de esta manera? Tengo una hija preciosa a la que adoro (aunque haga años que no sepa nada de su padre), una pareja con la que llevo varios años de estabilidad y que quiere a mi pequeña (Y sé que no está bien que lo diga, pero ¡Por el amor de Dios!, es alguien que me tiene sexualmente bien satisfecha; alguien que, cada vez que se enreda conmigo bajo las sábanas, pinta auténticas obras de arte con nuestros cuerpos entrelazados), un buen trabajo donde me aprecian por mi profesionalidad y saber hacer, y no por mi físico (como aún sucede en muchos sitios) y en el que me pagan bien; una casa que prácticamente se podría decir que he armado con mis propias manos y que he convertido en un hogar. ¿Qué le faltaba a mi vida para que no considerase que con esto tenía suficiente?

Él apareció así, como por casualidad; ya se sabe que en los trabajos, al ser el segundo lugar donde más tiempo pasamos, se acaban creando lazos de amistad profundos, bastante profundos. Lo que no esperaba es que por ahí me viniera ese martillazo, ese ariete que con un golpe (o varios), hizo tambalear las murallas de mi fortaleza de la misma manera que el lobo del cuento de los tres cerditos sopló y sopló hasta hacer volar la casita de paja del primero de estos.

Un saludo de cortesía todas las mañanas, un informe en mi mesa, unos contratos en la suya, coincidir en el descanso del café, conversaciones casuales que iban ganando en profundidad según la confianza iba creciendo entre ambos…. Así fue como supe que él estaba atrapado en un matrimonio sin amor con la novia de la infancia de su pueblo; la pasión se había apagado, y estaban más juntos por costumbre, que por otra cosa que se supone que debía unirles. Sí, las crisis habían existido, y las canas al aire por ambos lados se habían dado; pero lo habían superado, o al menos, eso creían.

Pero ya sabemos que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. ¡Qué coño! He conocido a personas que han tropezado tantas veces con la jodida piedra, que acabaron tomándole cariño. ¿Es que no hay más espacio en tu camino para evitarla, so pazguato?

A los cafés les siguieron el quedar para comer, el tomarnos alguna cerveza después del curro, y charlar y charlar, y contándonos nuestras vidas. Dicen nuestras sabias abuelas eso de “El roce hace el cariño”, y es la única explicación racional que le encuentro a toda esta locura que ha llegado a nuestras vidas; en nuestras conversaciones íbamos compartiendo cada vez más, y acabamos desnudando nuestras almas el uno al otro. ¿Por qué? ¿Cómo explicarlo para que alguien me entienda? Nunca me he sentido escuchada y comprendida a los niveles que él lo hacía; me sentía TAN a gusto con él, que hablar, soltarme, contarle cosas que ni a mi madre le contaría, me resultaba tremendamente sencillo. Me salían esas confesiones y confidencias de la manera más natural del mundo; hubo momentos en los que pensé que incluso me conocía más que yo misma; y lo mismo le sucedía a él.

Y un día… un día me descubrí imaginando que estaba con él mientras hacía el amor con mi pareja. ¿Podía ser? ¿Hasta ese punto había entrado en mi vida, que estaba empezando a desearle? ¡Pero si ni siquiera es mi tipo! Al día siguiente, mientras hablábamos después del trabajo, me costaba incluso mirarle a los ojos; pues recordaba lo que había sentido la noche anterior mientras mi cuerpo era amado por un hombre, y mis pensamientos y sentidos estaban centrados en él. Me moría de ganas de decírselo y, a la vez, me moría de vergüenza hasta el punto de no atreverme ni a sostenerle la mirada. Mis ojos estaban fijos en la mesa. Él debió de notar que algo no iba bien, pues, para llamarme la atención y devolverme de vuelta a la tierra desde mi viaje a otro planeta (uno en el que sólo estábamos él y yo devorándonos, jadeantes y sudorosos). ¿Cómo explicar lo que sucedió en ese momento? Sentí como si una corriente eléctrica recorriese todo mi cuerpo; cómo el calor subía desde el suelo al interior de mis muslos, mientras la fría razón me recorría la espalda desde la nuca hasta la cintura. El deseo luchaba contra mi yo racional, y el sobresalto me hizo casi saltar en la silla, lo cual le asustó.

Sabía que estaba mal; en mi interior sabía que lo que me moría de ganas de hacer no era lo correcto; pero el deseo estaba ahí, devorándome por dentro. ¿Cuanta gente no ha llegado al final de sus vidas arrepintiéndose de no haberse atrevido a hacer algo que deseaban fervientemente haber hecho? ¿Cuantas personas se han pasado gran parte de sus vidas mirando con nostalgia hacia atrás pensando “¿Y si hubiera…..? ¿Qué habría pasado si….?”, y maldiciéndose por no haberse atrevido a dar el paso adelante?

Nunca he sido el estereotipo de princesita de cuento dispuesta a esperar a que el príncipe panoli se decidiese a rescatarla o no. No, esa no soy yo. Yo soy una mujer que sabe lo que quiere, y se lanza a por ello y lucha contra la corriente. No soy muy consciente de cómo la barrera entre nosotros que suponía la mesa desapareció, pero el caso es que pronto el calor de sus labios estaba fundiendo de manera indisoluble los míos. No sé cuanto tiempo estuvimos ahí, degustándonos y saboreándonos; pero un destello de cordura nos hizo separarnos por si pudiera vernos alguien del trabajo. Sin mediar palabra, nos dirigimos a su coche, y de este a mi casa (no, no había nadie esa tarde, ni lo habría hasta el día siguiente), y ahí fue donde el martillo golpeó. Más que el martillo, el ariete, SU ariete, golpeó, golpeó mucho, fuerte, y repetidas veces…. hasta el punto que hoy, un mes después, aún me tiemblan las piernas de recordarlo, ni puedo evocar ese momento sin que la respiración se me entrecorte y un cálido rubor suba a mis mejillas desde lo más profundo de mi intimidad. Mis murallas, esas que componen la fortaleza que era mi vida asentada, cedieron, y a día de hoy, sus paredes tienen la misma consistencia que las de la casita de paja del cerdito del cuento. Desde aquel encuentro, he estado dando largas a mi pareja, evitando los momentos de intimidad, excusándome en las horas extras del trabajo y la atención que le debo a mi familia. ¡Tengo mi mundo trastocado! ¿Cómo volver a acoger entre mis muros al habitante habitual cuando he sido invadida de una forma tan….? ¡NO! No estoy siendo justa. NO ha sido una invasión.

En honor a la verdad, esto me recuerda a las antiguas historias y leyendas de vampiros que Lucas me ha contado en alguna ocasión. Según los viejos mitos rumanos, un vampiro no puede entrar a tu casa (y por tanto atacarte), si tú no le invitas a entrar. ¿De verdad puse yo barreras para que mi vampiro no entrase? ¿O, por el contrario, no fui yo misma quien le invitó a pasar? ¿No fuimos acaso a mi casa por sugerencia mía? ¿No fui yo acaso quien le arrastró hasta mi dormitorio? ¿No era yo acaso quien quería llevar ese contacto hasta el final, quien quería hacer físico ese tacto que nuestras almas habían tenido en tantas conversaciones previas? Caí en la cuenta de lo que me dijo Lucas también: El beso (que es como se llama al mordisco del vampiro por el cual se alimenta de tu sangre) del vampiro es una droga tremendamente adictiva; y así es como empezaba a sentirme; quería (QUIERO) más y más de él, y no me siento saciada. ¿Qué es esto que siento por esta persona? Es algo más que puro impulso y deseo sexual. ¿Puede ser que me esté enamorando de él? No debería; es un hombre casado (“casado sin amor” resuena una vocecita en mi interior “recuerda esa parte”)

¿Qué hago? ¿Por qué he hecho todo esto? Estoy hecha un lio, y el alcohol no me está ayudando.

Hoy nos hemos sentado a hablar; después de aquel encuentro, hemos estado distantes, evitándonos en el trabajo, sin atrevernos a mirarnos a los ojos. Después del momento de pasión, cuando estábamos los dos mirando al techo de mi habitación, y con nuestra ropa desperdigada y entremezclada en el suelo, llegó el momento de la confesión; le dije lo que me pasaba por la cabeza, lo que me bullía por dentro, y descubrí emocionada y con preocupación a la vez, que a él le pasaba lo mismo. Hoy nos hemos sentado a hablar, a poner las cartas sobre la mesa: hay confusión, mucha por parte de ambos; creemos que nos estamos enamorando, pero no queremos creerlo. Vamos a marcar distancia para que la tensión sexual que hay entre ambos no acabe soltando chispas y en el trabajo se enteren; vamos a poner distancia entre nosotros para que clarifiquemos nuestras cabezas y sentimientos. Él tiene claro que debe poner punto y final a su matrimonio y yo…. yo no sé qué hacer.

Estoy confusa: siempre nos han enseñado a “las princesitas” que hemos de quedarnos quietas, en espera que sea la felicidad la que nos encuentre, y no sea que, por buscarla nosotras de manera activa, acabemos dando vueltas en círculos sin encontrarnos. Pero eso va en contra de mi naturaleza. Yo soy de ir a buscar lo que me hace feliz, lo que quiero, lo que deseo, lo que anhelo. Soy de las que luchan. No soy una princesita, no valgo para un papel pasivo en mi vida.

Pero ¿cuales son las consecuencias de esa búsqueda activa de mi felicidad? Él al menos va a separarse de su mujer, haya un futuro conmigo o no; pero yo… ¿por qué no soy honesta con mi pareja, a la cual le he ocultado todo? ¿Es acaso el miedo a quedarme sóla, sin uno y sin otro? Si soy honesta con mi naturaleza, ¿por qué no lo he sido ni estoy siendo con él?

No, necesito salir de esta espiral. Veo que Lucas está empezando a apagar las luces, y que ha barrido ya todo el local. Sólo quedamos él y yo. Busco con manos temblorosas el monedero dentro del bolso (temblor producido en parte por el alcohol, en parte por el terremoto emocional que supuso el martillazo, su martillazo, en mi interior). Saco un billete de 50€, y le pido a Lucas que se cobre y que, si sobra algo (sé de sobra que sí), lo invierta en una copa más.

Casi olvido que tenía que pedirle disculpas, pero cuando voy a abrir la boca para ello, él me pide con un silencioso gesto que me calle. Deja ante mi las vueltas de lo que he consumido, y saca una botella de debajo de la barra.

– A esta invito yo.- me dice. – Hay algo que te corroe, y el trabajo de los camareros es también el ser un poco piscólogos y confidentes, créeme, el título viene pegado debajo de la bandeja.- Me comenta en tono socarrón mientras me guiña un ojo. – Así que, ¿Qué tal si me cuentas qué es lo que te ronda por la cabeza?

Sonrío para mis adentros. El pobre Lucas no está preparado para lo que le voy a contar, pero tiene razón: necesito desahogarme con alguien, así que le digo:

– ¿Por qué no te sirves tú también un pelotazo doble? Te va a hacer falta para ayudarte a digerir lo que te tengo que contar.

El Coro y su misión.

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¿Por qué estamos aquí? Paraos por un momento a pensarlo, y ahora os respondo yo. Estamos aquí porque nos gusta la música, nos gusta cantar, y somos conscientes que la misa no es cosa sólo del cura (no, no lo es), si no de todos. La eucaristía (la misa) es una reunión de toda la familia en la casa de Dios; y como tal, es una reunión festiva, donde festejamos nuestra fe, y la alegría que nos transmite el amor de Dios y la resurrección de Jesús, y… ¿dónde se ha visto una fiesta sin música?

Pero no somos un grupo de rock de esos que llenan las revistas y arrastran miles de fans, no. No venimos “a actuar”, ni a lucirnos para que todo el mundo nos vea, ni nada por el estilo. ¡Ni mucho menos! Nuestra misión es bien distinta. Nuestro cometido es animar la celebración, acompañar con cantos el mensaje que Dios tiene para todos y cada uno de nosotros en cada misa que celebramos juntos. En realidad no estamos ahí para que se nos oiga y se nos vea; estamos ahí para animar a la gente a que se nos una y que, como dijo San Agustín: “Si cantas solo con la voz, por fuerza tendrás al fin que callar; canta con la vida para no callar jamás”para que todos seamos una sola voz en alabanza a Dios. Estamos, en definitiva, para que esos cantos sean oración, y que todos celebremos juntos y con alegría.

Una vez, leí en el cancionero de una parroquia: “El mejor coro no es el que tiene las mejores voces, el que jamás desafina y tiene a los mejores músicos. El mejor coro es aquel que consigue que toda la asamblea se una y participe” ¡Que esa sea nuestra grandeza! Asumamos este cometido con humildad y actitud de ser servidores de Dios y nuestros hermanos que vienen a celebrar.

Empecé diciendo que nos gusta la música, nos gusta cantar… por eso, hagamos esto que nos gusta, divirtámosno haciéndolo, y convirtámoslo en ofrenda y servicio a los demás, y, sobre todo, por Él y para Él.

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(Charla introductoria que impartí al coro nuevo de la Parroquia de San Pablo Apóstol el día que se formó. Actualmente, siguen animando la misa de los Sábados por la tarde)