“¿Cuanto tiempo llevo aquí, a tu lado? Ni lo sé ya, perdí la cuenta. Pero te hice una promesa; la de nunca dejarte, la de nunca separarme de ti, mi querida Eurídice, y soy hombre de palabra, y ni a ella ni a ti jamás traicionaré. Y no, ni mi nombre es Orfeo, ni el tuyo es Eurídice; pero nuestra historia es tan paralela a la de este amor de tragedia, que no puedo evitar encontrar las semejanzas.

        Recuerdo cuando nos conocimos: Desde ese mismo momento, desde ese preciso instante, supe que eras para mí, y que yo lo sería para ti; y que nada, ni siquiera la muerte, nos separaría jamás.

         ¡Oh, imprudente corazonada! ¡Oh, desgraciado infortunio! A veces la pasión nos ciega, y nos hace desear lo que tal vez no debiéramos querer nunca, y es por eso que ahora nos vemos así: Tú sin poderte mover de aquí, yo sin querer hacerlo.

         Como decía, supe que serías mía, que sería tuyo, y que así sería por siempre; pasara lo que pasase. ¡Cuanta dicha! ¡Cuanta felicidad! Yo con mi instrumento tocándote la música que tu sonrisa me inspiraba, y animado por tus ojos cuando me miraban. ¡Cuan feliz me hacía verme reflejado en tus ojos! saber que estos sólo me miraban a mí, y que así siempre sería, y eso me hacía sentir, pleno, feliz, dichoso. Explorábamos las sendas de la felicidad, recorríamos las veredas del amor y siempre con una meta que en realidad ya disfrutábamos en el camino: la Felicidad de estar juntos.

        Mas toda historia de amor no está exenta de cierta tragedia, y la nuestra  no sería una excepción. 

        Un giro del destino, un agente que no debiera estar ahí, y que, sin embargo, ahí estaba, crucial para nuestra historia, y para ponernos a prueba en nuestro amor. Ese veneno que jamás debió entrar en tu organismo, y que te llevó a donde jamás quise verte, a las puertas del reino de los muertos, donde toda esperanza se desvanece. Presa de la desesperación y del miedo a perderte me adentré en ese sendero de la perdición con la esperanza de recuperarte, negándome a lo innegable, queriendo salvarte de donde no hay salvación ni retorno; confiando en mi talento, estuve a punto de salvarte de la parca; y estaba logrando aflojar la presa de sus garras que te atenazaban a su lado: notaba tu corazón volver a latir, que el aliento volvía a tus labios, y en ese momento fue cuando todo se echó a perder: Esperanzado y feliz de poder tenerte de nuevo a mi lado, me detuve cuando aún no debía; en el preciso momento crucial en el que hay que perseverar en lugar de parar, y fue ahí, en ese punto entre la vida y la muerte, en el que la impaciencia me impidió recuperarte del todo.

        Y aquí estamos desde entonces, querida Eurídice. Si no me hubiera impacientado, si no me hubiese dejado llevar por la euforia, podríamos estar hoy de nuevo en esos días de felicidad. Pero te fallé; fue culpa mía el no haberte podido recuperar, y este amargo dolor, esta hiel que me recorre, no me abandonará nunca. Mas lo tengo claro: prometí, juré que jamás me apartaría de tu lado, que permanecería junto a ti hasta el final de mis días, y así será. No me moveré de aquí, no me separaré de ti hasta el día que llegue mi hora, y entonces, juntos, y lejos de esta tierra de dolor, podamos estar juntos de nuevo por toda la eternidad, mi amor, mi querida Eurídice.

   Siempre tuyo

      Orfeo”

Esta es la carta manuscrita que encontraron en las manos inertes de “Orfeo” a los pies de la cama de hospital de su querida “Eurídice”

Cuentan los amigos y familiares de esta trágica pareja, que eran novios, y que tenían una vida feliz hasta que la desgracia llegó a sus vidas: Una noche Eurídice salió con unas amigas, y unas copas de más le hicieron cometer muchas imprudencias, hasta que un ataque al corazón le hizo caer fulminada cuando llegaba a su casa, donde Orfeo la esperaba.

Alertado por el ruido y los avisos de sus amigas, el joven se personó en el lugar, y se dispuso a reanimarla con los conocimientos que tenía de primeros auxilios. Tal vez genuinamente notó que iba a volver en sí, o tal vez creyó que así fue, y preso de la euforia, interrumpió las maniobras para abrazarla creyendo que la había recuperado; pero no fue así.

Sí, salvo a Eurídice, pero no del todo; le había arrancado de las garras de la muerte, pero la interrupción de las maniobras tuvieron un resultado desastroso, quedando la chica en coma. Embargado por el dolor y la culpa, juró a voz en grito que jamás se separaría de ella, y así fue hasta el día de hoy, que no se separó de su cama hasta que en esa fría mañana, las enfermeras del hospital donde Eurídice estaba, se encontraron a su amado Orfeo muerto a los pies de su cama. Cumplió su promesa de no separarse de ella hasta el final, dejándose consumir y languideciéndose como las flores lo hacen al llegar el Otoño.

Llamadlo milagro, llamadlo casualidad, o pensad tal vez que es para añadir más dramatismo al clima de este relato, pero ese mismo día, tras la muerte de su querido Orfeo, el corazón de Eurídice se detuvo para no volver a latir nunca más.

Por fin ambos están juntos por toda la eternidad. Sus familias, emocionadas por esta historia de amor tan atípica en estos tiempos que corren, y conmovidos por el paralelismo con la tragedia griega de estos dos amantes típicos, decidieron enterrarles juntos, y tallando el las lápidas, en lugar de sus nombres verdaderos el de los amantes eternos, Orfeo y Eurídice, juntos al fin y por siempre, aunque sea en el hades, el reino de los muertos.

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