LUNES

   Como cada anochecer, subo a la azotea de mi edificio a despedir el día. A estas horas no suele haber nadie, y yo aprovecho estos ratitos de soledad para encontrarme conmigo mismo, y abstraerme viendo la ciudad oscurecer mientras me fumo un cigarro.

Primero empiezo repasando el día, cómo lo empecé, con qué ánimos, cómo me ha ido, cómo ha terminado, y acabo haciendo un balance. Pero en realidad, lo que más me gusta, es lo que viene después: Perder la mirada en un punto indeterminado, y dejar la mente en blanco, no pensar en nada mientras el sol se pone, y los edificios van pintándose de un tono anaranjado hasta que la ciudad queda a oscuras y las farolas se encienden. Nunca me paré a medir cuanto tiempo lleva ese momento, pero juraría que nunca dura exactamente lo mismo.

Ya se enciende ese punto de luz. De un tiempo a esta parte, esa luz consigue despistarme de mi ritual. No quiero mirar, esta noche no lo haré…. pero mis ojos se desvían de forma inevitable, como la polilla se ve atraída a la llama. Intento hacer un esfuerzo sobrehumano por no girar la cabeza, pero mis ojos se giran en un ángulo tan imposible, que me es doloroso el no girar la cabeza.

Enrabietado por mi falta de fuerza de voluntad, desvío una noche más mi atención de la ciudad viendo morir el día, y la dirijo hacia el punto de luz que se enciende. Se trata de una habitación donde entra una muchacha que llega a casa de trabajar. Supongo que debe de pensar que nadie la verá, pues ni se molesta en bajar las persianas o correr las cortinas mientras se desnuda frente al espejo, despojándose de la ropa tras un duro día de trabajo. En realidad, tampoco veo gran cosa, pues al darme la espalda, el ángulo es tal, que no veo nada de su frontal, sólo su espalda, y puedo aseguraros que se me antoja bien bonita.

MIÉRCOLES

    Otra noche más inicio mi ritual. Hoy me he propuesto ser fuerte, aunque sé que nuevamente volveré a las andadas. Debería avergonzarme: no tengo edad para andar espiando a una chica que se desnuda; ya no soy ni un chaval, ni un viejo verde. Y aún así, acabo de darme cuenta que llevo cosa de un mes y medio observando a María llegar a su casa y desprenderse de la ropa.

     Sí, he averiguado su nombre, y sé que se llama María. Me avergüenza aún más reconocerlo, pero ayer hice un ejercicio por ubicar su casa dentro de su bloque de pisos, y como es un edificio prácticamente gemelar al mío, no me costó demasiado averiguar dónde vive. Me colé para buscar su nombre en el buzón; pero debe de ser una persona tremendamente atareada, pues aún no ha puesto su nombre en el mismo. Sí que pude captar al portero indicarle al cartero cual era su buzón cuando vino preguntando por ella; y por eso sé que se llama María, que es nueva en el vecindario, y que sale temprano a trabajar y suele llegar al anochecer

     Suena terrible ¿verdad? Cualquiera que vea la situación desde fuera, diría que soy un psicópata o un acosador. ¡Entendedme! No se trata de eso, y tampoco soy un salidorro. Pero sí que no veo justo estar viéndola desvestirse noche sí, y noche también, y no saber siquiera cómo se llama. Se trata de una persona al fin y al cabo, y eso es algo mucho más profundo que el ver su blanca y tersa piel desnuda…

    Como ya dije, no veo gran cosa, sólo su espalda, y sin embargo, me parece una visión preciosa, mi vista se pierde en sus formas, sus curvas, el brillo de su piel contra el haz de luz de su lámpara… esta escena, esta visión ha desplazado completamente a la que acostumbraba a tener de la ciudad bajo los efectos de la puesta de sol. Ahora es su espalda la que marca mi desconexión del mundo real, desde el momento en que empieza a desvestirse, hasta ese instante en que se adentra en al casa privándome de su visión.

    ¡Ufff, qué cansancio! Un día más de duro trabajo, y la mayor bendición es poder llegar a casa y quitarme esta ropa con la que llevo todo el día. Este momento es todo para mí; es cuando por fin me siento a salvo y protegida del mundo exterior, en mi casa. Es cuando realmente me siento yo misma, separándome de las cáscaras y corazas que son mi ropa. Y aquí estoy de nuevo, frente al espejo: yo al natural, tal y como vine al mundo, y tal y como soy; sin ningún rasgo externo y ajeno a mí que pueda servir para etiquetarme de forma alguna. Este momento es por completo mío, el final de mi día, y me gusta sentir la brisa que entra por mi ventana acariciarme la piel. En teoría, debería correr las cortinas o echar las persianas, pero me perdería esa caricia sutil del aire. Además, ¿quién va a verme? ¡Bueno! en realidad sé que alguien me ve: ese chico solitario que todas las noches se pone a fumar en la azotea del edificio de al lado. Él no lo sabe, pero ya le he pillado un par de veces mirándome. No veo malicia en su expresión ni mirada, es por eso que no le he denunciado por mirón. Creo que no sabe que soy consciente que me mira noche tras noche. ¿Y si soy mala y le doy una pista para ver cómo reacciona? Sé que me mira, me agacho intencionalmente de forma que pueda ver mi cara, y pueda ver cómo le miro indirectamente a él a través del espejo. Nuestras miradas se cruzan, y medio malévolamente, medio traviesa, le dirijo una sonrisa.

¡Espera! ¿Acaba de sonreírme? ¿Significa eso que saber que estoy aquí y que la veo. Trastabilo hacia atrás, presa del pánico, me tropiezo y me caigo de culo…

(Continuará)

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