Olvido se plantó frente a aquella señora que le sostenía la mirada; sonrió, y vio cómo era correspondida “¡Qué mujer tan agradable!” Pensó, “Aunque no comprendo qué hace en mi casa”. Olvido se dio la vuelta, y salió del cuarto de baño sin ser consciente que acababa de sonreirle a su propia imagen en el espejo. Hacía ya bastante tiempo que las cosas no le encajaban, o se le antojaban extrañas, pero eran tantas las veces, que empezaba a tomarse aquellas cosas excepcionales, como algo habitual.

Se encaminó al salón, dispuesta a sentarse y reposar un poco, pero al llegar, no reconocía la sala. Esos muebles… ¿eran realmente suyos? No recordaba esa butaca (cuyo tapizado le costó a su difunto Manuel Dios y ayuda encontrar), ni tampoco reconocía a la gente que salía en las fotos y… “¿Dónde está mi caja de costura?” Se preguntó “Ya me han vuelto a entrar en casa a robar, tengo que asegurarme de cerrar bien la puerta, o el día menos pensado tendré un disgusto”

Se dejó caer en la butaca y entrecerró los ojos cansada. “Espero que Manuel no llegue muy tarde de trabajar, o se le enfriará la cena…. ¡La cena! ¡Mira la hora que es, y no la he preparado! El pobre Manuel llegará cansado y hambriento, y yo aquí sentada sin haberle preparado un triste bocado que echarse a la boca” Como un resorte, se levantó y fue a la cocina. Hacía tiempo que a Olvido sus hijos le habían hablado de ponerse una vitrocerámica, pero ella se negaba “la comida preparada en esos cacharros no saber igual”, decía una y otra vez, y por eso seguía con su vieja cocina de quemadores de gas. Abrió la espita de la bombona de butano, y la llave de uno de los quemadores “¿Dónde habré dejado las cerillas?” masculló, y empezó a buscarlas sin éxito por la cocina. De repente, se paró en seco “¿Qué venía yo a hacer aquí?” Se dijo. “Olvido, ¡que no te enteras! que venías a por las llaves para cerrar bien la puerta y que no te vuelvan a entrar a robar!” y cogiendo las llaves, se dirigió a la puerta de entrada, dio dos vueltas al cerrojo, y dejó la llave puesta para que ningún caco pudiera meter su ganzúa en la cerradura.

En efecto, a Olvido llevaba tiempo visitándola un ladrón; uno muy especial que, en lugar de llevarse sus ahorros, sus joyas, o su querido costurero, se estaba llevando algo igual de valioso: Su tiempo vivido, y con él, todos sus recuerdos. Los rostros que la rodeaban, eran tan extraños como aquella casa en la que llevaba más de 40 años viviendo, y que sin embargo, se le hacía rara, como si estuviera viviendo de prestado en casa ajena. Aquel vil ratero de recuerdos, se estaba apropiando cada vez más de la vida de Olvido, de sus tiempos pasados; sus risas, sus llantos, su familia y amigos, dejándola vacía por dentro; vacía y sóla, pues su cada vez más desorientada memoria, alejaba a sus hijos que con tanto esfuerzo Manuel y ella sacaron adelante… “Manuel… ¿quién es Manuel?” Cerró los ojos con fuerza, intentando recordar al dueño de aquel nombre… Nada, sólo el vacío; ese nombre tenía el mismo sentido y significado para ella que cualquier palabra que repites cansínamente y sin pausa hasta convertir su sonido en una cacofonía desagradable. ¿Acaso sería Manuel el nombre del ladrón que le tomaba el pelo cambiándole de sitio las cosas y que hoy le había robado su caja de costura?

Alarmada, se levantó y se dirigió a la puerta para asegurarse que había cerrado la puerta con llave. Ese sinvergüenza de Manuel no volvería a entrar a robarle nada, ni siquiera su bote de colonia que había dejado esa mañana en… en… “¿A qué huele?” Era un olor raro, ligeramente penetrante, pero muy desagradable. “Es la última vez que cambio de marca de lejía para fregar los suelos. ¡Qué mal olor ha dejado esta!”, y volvió al salón, a sentarse en la butaca.

Entrecerró los ojos nuevamente; no sabía por qué, pero se sentía muy somnolienta, a pesar de no haber salido de casa ese día más que para comprar el pan. Esa mañana, Olvido bajó a la tienda de toda la vida (que llevaba abierta un mes), y le pidió a la hija de la señora Lucía (señora que murió hace 10 años, que en realidad tenía una frutería en lugar de panadería,  y que jamás tuvo hijos) su acostumbrada barra de pan. Luego, había vuelto a casa sin más (sin mencionar, porque no lo recordaba, que había aparecido en casa de su hija, en la otra punta de la ciudad, y que esta la llevó de vuelta a su casa; tiempo de la excursión, 2 horas y 40 minutos).

Poco a poco, sintió un sopor muy agradable; el ladrón ya no ocupaba sus pensamientos, ni la puerta que no recordaba si había cerrado bien o no, ni sus hijos, ni Manuel, quien quier que fuese, ni la hija de la señora Lucía, ni la barra de pan que había dejado encima del radiador para que se quedase calentito para la cena que estaba preparando para… ¿Para quién era? ¿Gabriel? ¿Rafael? ¿Conocía a alguien con ese nombre?. El olor tan penetrante seguía invadiendo sus fosas nasales, pero una vez acostumbrada al mismo, ya no le resultaba tan desagradable; de hecho, tenía demasiado sueño como para preocuparse por ese olor que ya estaba por toda la casa… “¿Habré cerrado bien la puerta? No quiero que entre nadie mientras estoy dormida”… y así, sus ojos se cerraron, y dejó su mente en blanco (no le hizo falta mucho esfuerzo para ello, pues empezaba a no recordar ni su propio nombre), disponiéndose a dormir.

… para no volver a despertar.

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